En la historia de Club Atlético River Plate hay trayectorias que parecen escritas por el mismo guionista. Historias que se espejan en el tiempo, que cambian de nombres pero repiten gestos, ovaciones y despedidas. Las de Daniel Alberto Passarella y Marcelo Daniel Gallardo son, quizá, el reflejo más inquietante de ese destino circular que tanto seduce como amenaza.

Ambos fueron líderes en la cancha. Capitanes de carácter fuerte, de mirada firme, símbolos de una identidad. Passarella, el “Kaiser”, defensor goleador, campeón del mundo. Gallardo, el “Muñeco”, talento y pausa, conductor elegante. Los dos construyeron carreras que alternaron el césped del Monumental con experiencias europeas, regresando siempre a Núñez como quien vuelve al hogar inevitable.

También sus caminos como entrenadores parecen trazados con escuadra y compás. Jóvenes, recién retirados, asumieron el desafío de dirigir al club que los había consagrado. Y en ese primer ciclo, la gloria: títulos, equipos memorables, una comunión casi mística con la tribuna. Se fueron en andas, ovacionados por el Monumental, con esa sensación extraña de misión cumplida.

Después vino el mundo exterior. Y el tropiezo. Experiencias lejos de River que no estuvieron a la altura de aquella primera obra perfecta. Entonces apareció la tentación del regreso. Volver al lugar que ofrece seguridad emocional, conocimiento del terreno, amor incondicional. El segundo ciclo fue más abrupto, más humano. Sin la épica del primero. Sin la magia intacta. Pero incluso en la despedida, cuando los resultados ya no acompañaban, el hincha eligió el aplauso. Porque la memoria pesa más que la coyuntura. Porque los ídolos no se discuten, se agradecen.

Ahí termina el paralelismo deportivo. Y empieza el interrogante institucional.

Passarella volvió una vez más, pero no al banco: regresó como presidente. Su gestión quedó marcada para siempre por el descenso de 2011, la herida más profunda en la historia del club. El ídolo se transformó en dirigente y el aura futbolística no alcanzó para sostener la estructura política y económica de una institución gigante.

Gallardo la semana pasada dejó una frase que no sonó a despedida: “Uno se va, pero no se va nunca”. Palabras que en River no pasan desapercibidas. Palabras que abren una puerta.

El fenómeno no es exclusivo de Núñez. En Boca Juniors, la experiencia de Juan Román Riquelme como dirigente expone las tensiones que surgen cuando el máximo referente deportivo asume la conducción política. El liderazgo en el vestuario no siempre se traduce en gestión institucional. El carisma no reemplaza la planificación. La gloria pasada no garantiza equilibrio futuro.

¿Está River preparado para repetir la historia? ¿Está Gallardo dispuesto a recorrer ese sendero que ya mostró sus riesgos? El amor del hincha es un capital inmenso, pero también una responsabilidad descomunal. Gobernar un club no es dirigir un equipo: no hay pizarrón que ordene pasivos, no hay charla técnica que calme crisis económicas, no hay sistema táctico que ordene internas políticas.

Tal vez el paralelismo entre Passarella y Gallardo sea apenas una coincidencia poética. O tal vez sea una advertencia escrita en la memoria reciente. River aprendió que los ídolos son eternos en la cancha, pero vulnerables en los escritorios.

La pregunta queda flotando en el aire del Monumental: si el Muñeco decide volver una vez más, ¿será para prolongar la leyenda o para ponerla en riesgo?

En River, como él mismo dijo, uno se va… pero no se va nunca.

Publicada en EsNota

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