Las crisis pueden ser consideradas grandes momentos de aprendizaje. En la historia de la humanidad, las personas lograron capitalizar cada situación de riesgo, viéndolas como una oportunidad para fortalecerse y crecer. La pandemia que nos sorprendió en el 2020 no fue una excepción. Luego de un primer momento de incertidumbre, las cosas se fueron acomodando y algunos seres humanos lograron darse cuenta de lo verdaderamente importante: la vida. ¿Pero cuándo fue la primera vez que los hombres y mujeres descubrieron que lo más valioso que tenemos era también un bien asegurable?
La historia del ramo vida es algo relativamente reciente y tuvo su mayor desarrollo en los siglos XIX y XX. Sin embargo, es posible encontrar ciertos antecedentes miles de años atrás. Por ejemplo, en Babilonia, el Código de Hammurabi, el primer código penal y civil de la Humanidad que se sancionó aproximadamente hacia el 1700 a.C, ya establecía indemnizaciones en caso de fallecimiento por accidente de trabajo a favor de la viuda y de los descendientes del fallecido. Éstas se instrumentalizaban a través de un sistema de mutualización. Al mismo tiempo, en Egipto se crearon asociaciones en donde sus socios pagaban una cuota para que cuando fallecieran, el resto de los miembros abonaran sus ritos funerarios y consolaran a la familia. De esta manera, se aseguraban de tener cubiertas las ceremonias para garantizar su tránsito de este mundo al más allá.
Ya a partir de 1705 comenzaron a actuar diversas Compañías aseguradoras en Europa y América. Hacia 1848, con la técnica del cálculo de probabilidades bien desarrollada, se fundó en Londres el Instituto de Actuarios y de esta forma, la actividad actuarial se profesionalizó. Finalmente, fue en el último tercio del siglo XIX y todo el siglo XX cuando el seguro de vida se convirtió en un factor fundamental de la vida moderna y se constituyó como un indicador del bienestar económico de la sociedad de cada país.
Entonces, si nos detenemos un poco en la historia, el Ramo Vida nació como consecuencia de la necesidad que tenían los individuos de resolver determinadas situaciones económicas que podían quedar pendientes después de su muerte. Este tipo de pólizas resultó ser una herramienta útil para que las familias encontraran protección financiera aún después del fallecimiento del miembro del grupo familiar que generaba ingresos, logrando afrontar el impacto económico que implicaba dicha tragedia. Así, se garantizaba el resguardo de la futura educación de los hijos y la atención de deudas que pudieran quedar pendientes.
Con el tiempo, el ramo se fue aggiornando y entonces, dejó de cubrir solamente la posibilidad del fallecimiento sino que también incorporó otras coberturas complementarias como la invalidez por enfermedad o accidente. De esta forma, en un mundo que presentaba cada vez más escenarios inseguros, el mercado asegurador respondía con nuevas certezas.
Actualmente, existen dos tipos de seguros de vida. Por un lado, están los puros o temporarios. Estos tienen una vigencia por un plazo determinado y pueden ser renovables cuando el período contratado finaliza. Su duración mínima promedio es de 15 años, pero pueden contratarse anualmente y renovarse hasta los 75 años de edad. Por otra parte, también existen los seguros de vida con capitalización. Estos están diseñados para acompañar al asegurado durante toda su vida y suelen ser utilizados como herencia. Estas pólizas pueden rescatarse y a largo plazo, resultan ser un instrumento de inversión que conservan el capital aportado más los intereses que fue acumulando a lo largo del tiempo.
En el 2020, la incertidumbre nos sorprendió de un momento a otro. Un virus que nacía en Asia no conocía de frontera alguna, comenzó a recorrer el mundo y se decretaba una nueva pandemia frente a un enemigo desconocido e invisible. Pero las compañías hicimos todo lo posible para asegurarles a nuestros clientes que ahí íbamos a estar presentes para paliar tanto desconcierto, incluso adaptando nuestras pólizas vigentes para que el riesgo Covid estuviera cubierto aún en aquellas donde figuraba como exclusión. Demostramos que el sector asegurador cumple un rol social indispensable y que no todo se trata de números y dinero.
Este miedo a lo incierto hizo que el interés por las pólizas de vida creciera exponencialmente y se convirtieran en uno de los productos más elegidos por los usuarios cuando piensan en una nueva cobertura. El ramo forma parte de los sectores de la economía que lograron reinventarse y salir victoriosos ante el contexto complejo en el que vivimos. Históricamente, Argentina ocupó una posición baja a nivel mundial en cuanto a las emisiones de estas pólizas. Pero dos factores ayudaron a mejorar esta situación: la necesidad de mayor protección y la planificación financiera.
Durante los primeros meses de pandemia, la demanda y el interés por este tipo de seguros se incrementó alrededor de un 40%. Y este aumento también trajo grandes novedades, como el mayor interés de los jóvenes por contar con una protección financiera a largo plazo para ellos y sus familiares. Según diversas estadísticas, las personas menores de 40 años tuvieron un crecimiento de su conciencia aseguradora que se trasladó a una mayor cantidad de pólizas emitidas.
A su vez, gracias a los nuevos hábitos de consumo y la consolidación del modelo de venta online, también creció la demanda en el interior del país. El interés por estas pólizas a través de canales digitales se duplicó en la mayoría de las provincias argentinas.
Tal fue la importancia de este crecimiento general que el ramo Vida fue una de las pocas industrias que no tuvo morosidad ni caída durante el período económico 2020. Lo sorprendente del presente se transformó en una preocupación por el futuro propio y el de los seres queridos. Y así surgieron nuevos clientes para nuestras compañías que pudieron acceder a una variedad de coberturas como el Seguro de Vida Individual Anual Renovable, el Seguro de Accidentes Personales Prestacional, el Seguro de Vida Colectivo para Continuidad Escolar y el Seguro de Sepelio, entre otras.
El contexto económico nacional también fue un factor clave en el aumento del interés en torno a los seguros de vida. La inflación, el incremento del dólar y las limitaciones cambiarias dieron lugar a que los clientes buscaran nuevas alternativas para destinar sus ahorros y que éstos no perdieran poder adquisitivo. Este tipo de pólizas se cotizan al valor referencial del dólar oficial, pero se pagan en moneda local y sin impuestos adicionales, permitiendo surfear la inestabilidad del peso.
Aún nos queda mucho por crecer. En Argentina las primas de seguros de vida y retiro aún no llegan al 1% del PBI y sólo el 15% de los productores asesores de seguros comercializan estos ramos. Sería ideal que las compañías pudiéramos desarrollar mediante estímulos educativos la conciencia aseguradora necesaria para que los individuos vean al Seguro de Vida como una alternativa válida para el ahorro y protección de las familias, pero para ello es necesario que el país cuente con una economía en crecimiento. Que este mal trago que estamos atravesando sea transformado en el impulso que necesitamos para afrontar también estas nuevas tareas.
El 2020 nos planteó una gran cantidad de desafìos que supimos ir superando pero siempre queda trabajo por hacer. Demostramos que la distancia física producto del cierre de nuestras oficinas no nos impedía estar cerca de los clientes y llevamos a cabo una transformación digital en un tiempo récord. Y en este contexto, reafirmamos nuestro compromiso: estamos dispuestos a acompañarlos ante las sorpresas e incertidumbres que el mundo nos depare. Porque después de todo, la vida sigue siendo lo más importante.
Disponible en Revista Todo Riesgo