En Argentina existe un mercado potencial de diez millones de clientes para este tipo de pólizas. Algunas experiencias piloto ya demuestran que en este sector la siniestralidad es muy baja y la cobranza sana, cuestiones que indican que estamos ante una gran oportunidad. Es el momento de pensar, entonces, nuevas coberturas que sean incluyentes, simples, asequibles e innovadoras.

En Argentina, el sector asegurador representa el 3% del PBI Nacional. Pero claro, para poder entender mejor este número es conveniente compararlo con otros países. Según estadísticas internacionales, en las principales economías del mundo, entre las que se destacan Estados Unidos y Japón, la participación de la actividad aseguradora roza el 10% del Producto Bruto Interno. De esta forma, todo parece indicar que el mercado argentino está frente a grandes oportunidades de crecimiento. 

Lo cierto es que en nuestro país la conciencia aseguradora es escasa en ciertos sectores de la sociedad que ven al seguro como un gasto y no como una inversión. Un dato estadístico basta para ilustrar esta situación. El 60% de la producción del mercado argentino está compuesto por los ramos Automotor y Riesgos del trabajo, coberturas obligatorias que abarcan el 35% y 25% del total respectivamente. 

Los vaivenes de la economía y la política argentina hacen que muchas veces la población se enfoque en el aquí y ahora. La incertidumbre genera una falta de proyección a largo plazo y eso afecta a nuestro sector, donde justamente las coberturas buscan brindar certidumbre y en el cual la cultura aseguradora tiene como premisa básica la mirada a largo plazo. 

 Entre tantas oportunidades para nuestro sector, podemos identificar a los microseguros, un negocio de gran volumen que también puede ser visto como impulsor de mayor igualdad. 

Argentina y los Microseguros

La falta de información y estadísticas concretas habla del escaso desarrollo de la temática en nuestro país. Todavía no hemos logrado un nivel de expansión similar al de los países del sudeste asiático e incluso estamos muy por detrás de otras naciones de la región. A nivel mundial, más de la mitad de las 50 compañías más importantes ya ofrecen este servicio. 

La Superintendencia de Seguros de la Nación (SSN) implementó el desarrollo de los mircoseguros en el mercado local con una normativa sancionada en 2018. Este tipo de coberturas tienen la ventaja de poder adaptarse a la realidad socio-cultural y económica de cada región del país. De hecho, en muchos casos, el premio se fija analizando principalmente el nivel de ingresos de los tomadores y sus necesidades.

En Argentina, el 40% de la población está en situación de pobreza. La mayoría de los adultos dentro de esta categoría sólo logran acceder a trabajos en condiciones precarias como cuentapropistas o asalariados informales. Apenas el 25% de ellos están dentro del mercado formal. 

Esto sumado a algunas otras cifras estadísticas, nos permite afirmar que en Argentina existe un mercado potencial de diez millones de clientes para este tipo de pólizas. Hace algunos años, Planet Finance, una ONG internacional dedicada a las finanzas inclusivas, hizo una encuesta sobre la baja demanda de microseguros por parte de los emprendedores argentinos e indagó las razones detrás de su falta de contratación. Más del 50% de los encuestados reconoció que nunca le habían ofrecido un seguro de este tipo, que no entendían cómo funcionaba ni cuál era su importancia y que creían que no lo podrían solventar económicamente. 

Según el Fondo Multilateral de Inversiones (FOMIN), el mercado microasegurador argentino es un mercado de frontera, donde este tipo de operaciones están iniciándose y se ofrecen productos muy básicos. Sin embargo, algunas experiencias piloto ya demuestran que en este sector la siniestralidad es muy baja y la cobranza sana, cuestiones que indican que estamos ante una gran oportunidad aunque posiblemente de las mismas experiencias surja que la difícil localización de los tomadores sea uno de los problemas a revisar. Es el momento de pensar, entonces, nuevas coberturas que sean incluyentes, simples, asequibles e innovadoras.

Diferentes limitaciones políticas, económicas y sociales le ponen un freno al crecimiento de este tipo de pólizas. Se necesita un marco legal claro y para ello, tanto el sector público como el privado deben unificar criterios a la hora de definir microseguros, idear nuevos mecanismos de protección al consumidor y capacitar a nuestros canales de comercialización. Asimismo, esto debe verse acompañado de una campaña de educación financiera que inculque en los futuros destinatarios la necesidad de gestión de riesgos y la cultura del seguro.

Hay que destacar el trabajo de unas pocas compañías que ya se adentraron en este mundo, comercializando seguros de Vida y Patrimoniales que protegen maquinarias, instalaciones, mercaderías y suministros de diversas actividades económicas. Si bien esto generó resultados muy dispares, es importante identificar su accionar e incluirlo como un ingrediente más en la base de sustentación de los futuros desarrollos. 

Microcréditos: un caso de estudio 

Detrás de los negocios y los números fríos, el seguro tiene un principio solidario. Es la distribución de costos de un posible siniestro la que vuelve posible en parte desarrollar cualquier actividad. Así, se asisten unos a otros y quienes no padecieron ningún problema ayudan a solventar a los que sí lo tuvieron. De esta forma, los seguros son una gran herramienta para todos aquellos que desean emprender nuevos proyectos. 

Los microseguros están estrechamente ligados a los microcréditos. El origen de esta herramienta se remonta a Bangladesh, donde el economista Muhammad Yunus, creó un sistema de créditos de montos bajos para las personas más pobres. Eso derivó en lo que hoy se conoce como Banco de los Pobres y que le valió a Yunus el Premio Nobel de la Paz en 2006. 

Todo inició en 1974, cuando Yunus decidió darle el primer préstamo a una mujer de una aldea que se ganaba la vida fabricando asientos de bambú. A casi cinco décadas de ese momento, el banco tiene más de 9 mil millones de prestatarios. Este crédito es considerado como un derecho humano. Además, este dinero no puede ser destinado al consumo sino que debe invertirse en herramientas y bienes para la creación de autoempleos y que de esta manera, el beneficiario pueda generar más y mejores ingresos propios.

Se podría decir que los microcréditos y los microseguros persiguen propósitos diferentes pero van de la mano: mientras que los créditos buscan financiar emprendimientos de personas de bajos recursos, los seguros intentan darles coberturas para que tengan el respaldo económico necesario en caso de cualquier contingencia.  

 Muchas veces, la pobreza no es producto de la falta de esfuerzo, ya que hay un sector de la población que realiza actividades económicas diarias con dedicación. El problema es que no existe relación entre el sacrificio de la fuerza laboral y la posesión de capital. Por lo tanto, la solución no está en manos de las personas de bajos recursos sino de agentes externos que generen nuevas herramientas para romper ese círculo vicioso. 

¿Cuánto falta para que desde el sector asegurador potenciemos este desafío mundial y consolidemos el ingreso de nuevos actores? Para llevar adelante esta misión es necesario un arduo trabajo censal y así, identificar quiénes son los potenciales consumidores, cómo son sus ingresos, conocer sus flujos de fondos positivos o negativos y entender su vulnerabilidad a determinados riesgos y sus limitaciones de infraestructura para de esta manera, determinar sus necesidades y características particulares. 

Es momento de cuestionarnos, incluso a nivel global, si los mercados aseguradores tienen la cultura suficiente para redireccionar el enfoque original del seguro destinado a los actores con capacidad económica o por el contrario, deberíamos pensar en el nacimiento de una nueva generación de compañías aseguradoras con una misión desde su origen orientada a los sectores populares.

 

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